El mandamiento del amor sacrificial: amar como Cristo nos amó

Reflexión basada en Juan 13:34-35

Jesús introduce en su discurso de despedida un concepto que para los discípulos resultaba revolucionario. Les habla de gloria, pero a continuación les entrega la regla de oro que definiría el carácter de la iglesia naciente: la gloria de amar.

“Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros; que como yo los he amado, así también se amen los unos a los otros.” — Juan 13:34

La palabra en griego para "nuevo" utilizada por Jesús es cainén, que no significa un mandamiento reciente en el tiempo, sino más bien algo fresco, lo opuesto a obsoleto. Los judíos ya conocían la ley de amar a su prójimo, pero la diferencia radica en el nuevo estándar establecido por Jesús: "como yo los he amado". Es un amor que se revela en toda su plenitud en la cruz.

El Estándar de la Muerte al Orgullo

Cuando la Biblia pide que los hombres amen a sus esposas como Cristo amó a la iglesia, está fijando un estándar sumamente elevado. Significa amar hasta la muerte. Pero morir no siempre es un acto físico; es un acto cotidiano de morir a nuestro orgullo. Morir significa pedir perdón aunque creamos tener la razón. Es ceder nuestro tiempo y comodidades por edificar la vida del otro.

Como seres humanos, nos resulta mucho más fácil "matar" que "morir". Vemos más fácil matar un matrimonio que morir a nuestro orgullo; acabar con una relación antes que morir a nuestra falta de perdón. Jesús, en cambio, no nos manda a matar, sino a morir.

“El principio de la vida es la fe y el fin es el amor.” — San Ignacio de Antioquía (Año 107 d.C.)

Como escribía Ignacio de Antioquía en su carta a los efesios, la vida cristiana se fundamenta en la fe, pero alcanza su plenitud y meta final en el amor, pues al amar de verdad dejamos de vivir para nosotros mismos y comenzamos a vivir para los demás.

El Único Testimonio Irrefutable

Jesús les hace esta advertencia porque sabía que la iglesia enfrentaría una persecución inminente. El testimonio que convencería al mundo no serían las vestiduras, los letreros o las palabras religiosas, sino la forma en que se cuidaban y amaban los unos a los otros. En el primer siglo, filósofos y autoridades romanas como Plinio el Joven, Tertuliano y Clemente registraban con asombro (y a veces con burlas) el nivel de generosidad de los cristianos, quienes estaban dispuestos a dar su vida y bienes por sus hermanos en la fe.

Si la iglesia falla en modelar este amor, blasfema el nombre de Cristo ante los de afuera. El llamado hoy es a volver a la frescura de amar sin reservas, de sostenernos en comunidad y reflejar al Salvador con nuestras acciones diarias de entrega y compasión.